Por: Hipólito Vega /
Los ruidos mediáticos que rodearon el caso del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, se han ido apagando con una celeridad pasmosa. Como cuando una brisa súbita y fuerte extingue la luz de una vela en la penumbra de una casa, así se ha desvanecido el clamor por su figura.
Apenas ha transcurrido un mes del que muchos llamaron «el suceso del siglo»: el momento en que el hombre fuerte de la República Bolivariana de Venezuela fue hecho prisionero por los Estados Unidos. Hoy, sin embargo, el panorama es radicalmente distinto. Aquel líder que ocupaba horas de transmisión global y titulares en los cinco continentes, se encuentra hoy como un preso cualquiera, sumido en un olvido que parece absoluto.
Resulta paradójico que una personalidad que concentró tanto poder político, que tejió una red de relaciones internacionales tan compleja y que amasó una fortuna económica extraordinaria, esté hoy fuera de la mente del mundo. La memoria colectiva, siempre frágil, parece haberle dado la espalda. Ya no se lee su nombre en las portadas, ni se escucha su mención en los círculos de poder, ni mucho menos en la conversación cotidiana de la gente común.
En el ruidoso día a día, nadie parece recordar al otrora omnipresente líder. Nadie, excepto quizás una amiga cercana de esta casa, quien a pesar de no estar ligada formalmente a los medios informativos, mantiene un pulso constante sobre la situación mundial. En una breve charla reciente, surgió la reflexión necesaria que nos devuelve a la realidad de este ostracismo mediático.
Al final, entre el silencio de la geopolítica y la indiferencia de las masas, solo queda en el aire una interrogante que retumba con fuerza:
¿Qué será de Maduro?