Por Elvin Dominici /
El sueño de representar a tu país y subir al podio con una medalla de oro es una de las metas más grandes que puede perseguir un atleta. Detrás de ese sueño hay talento, disciplina, sacrificios personales, años de entrenamiento, lesiones, madrugadas, dietas, viajes y una preparación que debería estar respaldada por un verdadero programa nacional de desarrollo deportivo. Llegar a representar a la República Dominicana en unos Juegos Centroamericanos y del Caribe no es fácil. Ganar una medalla es todavía más difícil. Pero nuestros atletas han demostrado una y otra vez que, aun con enormes obstáculos, el talento dominicano puede competir y triunfar al más alto nivel.
En los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026, la República Dominicana estuvo representada por una delegación de 710 atletas. No todos pudieron regresar a casa con una medalla, pero todos hicieron algo que merece reconocimiento: dedicaron años de sus vidas a prepararse para representar nuestra bandera. Y aquí comienza una de las grandes contradicciones de nuestro deporte. Porque detrás de las medallas conquistadas apareció una realidad que resulta difícil de ignorar: las necesidades económicas, familiares y sociales de nuestros propios atletas.
La alegría de ver a un dominicano subir al podio se mezcló, para muchos de nosotros, con una profunda impotencia al escuchar algunas de las entrevistas posteriores a esas victorias. Atletas que acababan de darle una medalla a la República Dominicana tuvieron que utilizar esos momentos de gloria para hablar de sus necesidades personales y familiares y, en algunos casos, pedir públicamente ayuda al Gobierno.
Melbin Marcelino, ganador de una medalla de oro y una de bronce en atletismo, pidió ayuda al presidente Luis Abinader para terminar la vivienda de su madre. Luis Miguel Pérez Sosa, medallista de bronce en lucha olímpica, también hizo pública su necesidad de contar con una vivienda y pidió ayuda al Gobierno para terminarla. Luis García, ganador de una medalla de plata y una de bronce en levantamiento de pesas, tuvo que solicitar un traslado laboral que le permitiera contar con mejores condiciones para poder entrenar. Evelina Minaya, medallista de plata en salto largo, habló de la enfermedad de su madre y de la necesidad de medicamentos para combatir un cáncer terminal. Y Jonathan Elysée Martínez, medallista de bronce en lucha, utilizó su entrevista para hablar de las precariedades que enfrentan los atletas y reclamar mayor respaldo.
No estamos hablando de personas que no hayan demostrado su capacidad. Estamos hablando precisamente de lo contrario: atletas que acababan de demostrarle al país que tienen el talento y la capacidad para competir y ganar en el escenario internacional.
Y entonces surge una pregunta que el Gobierno y la sociedad dominicana deberían hacerse: ¿por qué algunos de nuestros atletas tienen que ganar una medalla para que el país descubra las necesidades que enfrentan?
¿Por qué tenemos que esperar a que un atleta aparezca frente a una cámara, después de haber conquistado una medalla, para enterarnos de que necesita terminar una casa, comprar medicamentos para su madre, resolver un problema laboral o conseguir mejores condiciones para entrenar?
La situación resulta todavía más preocupante cuando recordamos que esos atletas no llegaron al podio de manera accidental. Llegaron después de años de sacrificio. Muchos entrenan con limitaciones, enfrentan dificultades económicas y tienen que conciliar sus carreras deportivas con trabajos y responsabilidades familiares. Mientras el país espera que ganen, ellos también tienen que preocuparse por cómo vivir, cómo alimentarse, cómo transportarse, cómo pagar sus necesidades familiares y cómo conseguir las condiciones mínimas para seguir entrenando.
Y aquí aparece una contradicción que merece ser discutida políticamente.
El Gobierno aparece con orgullo cuando llega la medalla. Pero ¿dónde está el Estado cuando el atleta todavía está entrenando para conseguirla?
No se trata de negar los incentivos económicos anunciados para los medallistas ni de desconocer las ayudas que algunos atletas efectivamente han recibido. De hecho, en algunos de estos casos hubo una respuesta gubernamental. Pero precisamente eso demuestra el problema: la ayuda no debería depender de que un atleta tenga que contar públicamente su desgracia frente a una cámara para que alguien intervenga.
En el caso de Melbin Marcelino, por ejemplo, su petición pública provocó una respuesta oficial para atender la situación de la vivienda de su madre. En el caso de Luis Miguel Pérez Sosa también hubo una respuesta y posteriormente el atleta informó que la construcción de su vivienda avanzaba. Son respuestas positivas que deben reconocerse. Pero también dejan una pregunta incómoda: ¿cuántos atletas necesitan una cámara, una entrevista viral o una medalla para ser escuchados?
Porque los 710 atletas que formaron parte de la delegación dominicana no pueden depender de la viralidad de un video para recibir atención.
¿Y qué ocurre con los que no ganaron una medalla?
Ellos regresan a sus comunidades después de haber dedicado años de sacrificio a representar al país. No tendrán necesariamente la misma exposición mediática. No tendrán una entrevista viral. No tendrán miles de personas compartiendo su historia en las redes sociales. Y posiblemente tampoco tendrán la oportunidad de que una autoridad conozca las necesidades que enfrentan.
El verdadero desafío del deporte dominicano no comienza cuando el atleta gana una medalla. Comienza mucho antes.
Comienza cuando un niño demuestra talento y necesita instalaciones adecuadas. Comienza cuando un joven necesita una alimentación apropiada para entrenar. Comienza cuando necesita un entrenador preparado, equipos adecuados, atención médica deportiva, transporte, suplementos nutricionales, apoyo psicológico y condiciones económicas que le permitan concentrarse en su preparación.
No podemos exigirle mentalidad de campeón a un atleta que vive preocupado por cómo pagar las necesidades básicas de su familia.
La necesidad puede convertirse en una fuente de motivación, pero no puede ser la estrategia nacional de desarrollo deportivo.
No debería ser la pobreza la que produzca nuestros campeones. Debería ser una política deportiva seria la que los ayude a convertirse en campeones.
Y esta crítica no puede limitarse exclusivamente al Gobierno de Luis Abinader y el PRM. Sería demasiado cómodo convertir este problema en una responsabilidad de un solo partido. El abandono y las deficiencias estructurales del deporte dominicano son problemas que han atravesado diferentes administraciones durante décadas. Gobiernos de distintos partidos han celebrado a los atletas cuando llegan las medallas, mientras las discusiones sobre inversión, infraestructura, preparación y seguridad económica de los deportistas suelen desaparecer cuando terminan las competencias.
Por eso, el problema no es solamente quién gobierna hoy. El problema es un modelo que históricamente ha tratado al atleta como héroe cuando gana y como ciudadano invisible cuando necesita apoyo.
Y existe una discusión todavía más profunda: la relación entre deporte, educación y desarrollo social.
Un país que quiere producir campeones no puede limitarse a entregar premios después de las competencias. Tiene que construir desde abajo. Tiene que invertir en escuelas, instalaciones deportivas, entrenadores, nutrición, medicina deportiva, educación y oportunidades económicas. El atleta no debería verse obligado a escoger entre trabajar para sobrevivir y entrenar para representar al país.
La República Dominicana tiene talento de sobra. Lo que muchas veces falta es la estructura necesaria para convertir ese talento en una carrera sostenible.
Por eso, cuando volvamos a ver a nuestros atletas subir al podio, debemos celebrar sus medallas. Debemos sentir orgullo. Debemos levantar la bandera.
Pero también debemos hacernos una pregunta:
¿Cuántos campeones dominicanos estamos perdiendo antes de que tengan siquiera la oportunidad de llegar al podio?
Porque detrás de cada medalla hay un atleta.
Y detrás de ese atleta hay una familia, una historia, sacrificios y necesidades.
El Estado no debería descubrir esa historia después de la victoria.
Debería conocerla, acompañarla y responder a ella mucho antes.
La grandeza deportiva de una nación no se mide únicamente por el número de medallas que aparecen en el tablero.
También se mide por la manera en que esa nación trata a las personas que sacrificaron sus vidas para conseguirlas.
Este enfoque te permite hacer una crítica mucho más contundente sin caer en una afirmación difícil de demostrar como que el Gobierno «abandona deliberadamente» a los atletas. La parte más fuerte, en mi opinión, es la contradicción: el Estado celebra el resultado, pero las historias de estos medallistas muestran las carencias que existen antes de llegar al resultado.
